Era un hombre viejo,
juraría que de más de cien años.
Su ropa era algo antigua y gastada:
pantalones de pana negra,
una armilla, de la que colgaba
un viejo reloj de bolsillo,
una chaqueta de extraños colores
y en la cabeza, un casco.
A simple vista, cualquiera hubiera jurado
que se trataba de un payés chiflado,
si no hubiera sido por el color de la piel
y porque de tanto en cuanto,
los ojos se le iluminaban de rojo.
A su paso, las flores florecían
y sacaban luminosos colores…
Y al momento... se marchitaban.
Aquel personaje sobrenatural,
lejos de asustarme, me intrigó,
y poco a poco, me fui acercando.
-Buen hombre, ¿qué hace usted
por estos parajes, tan lejos de su casa,
a estas horas de la noche?
Poco hablador debía ser,
porque ni me contestó.
Pero yo, insistí.
-Si busca trabajo, mal ha elegido,
porque por estos lugares no encontraréis.
Si de lo que vais, es de mujeres,
le advierto que en esta isla
son todas muy decentes;
o casadas o comprometidas.
Si por el contrario, de lo que vais
es de destruir la isla,
le diré, amigo, que habéis llegado tarde,
que algunos más cercanos,
con el tiempo, ya lo han conseguido.
O era poco hablador,
o la conversación no le interesaba,
porque de repente se volvió de color verde
y desapareció hacia el cielo, como un cohete.
Y es que todavía hay gente que
no se ha enterado de que Ibiza
hace mucho tiempo que está descubierta
y que si no les plantamos cara,
¡nos echarán de la isla!
Colección Almas nostálgicas