Y ASÍ EMPEZARON LAS DISCOTECAS EN IBIZA.
Hace millones de años, la isla de Ibiza estaba casi cubierta por el mar y el cielo era oscuro como una noche sin luna.
El Señor, desde lo alto, contempló aquel desaguisado y pensó que no era de su agrado. Una madrugada despertó sobresaltado y mandó llamar con urgencia a sus ángeles pensantes para que le ayudaran a buscar una solución.
Se reunieron todos alrededor de una gran nube blanca. Surgieron mil proyectos entre tanto ángel iluminado, pero a Dios ninguno le pareció bueno.
—Señor, podemos teñir los montes de colorines, como si fueran un cuadro abstracto —propuso un espabilado.
—Y los mares de amarillo y verde, con olas violeta —añadió otro listillo, intentando subirse al carro de los intelectuales.
El Señor los miró, conteniendo la cólera para no mandarlos de cabeza al infierno.
Y sentenció, olvidándose de las ideas de aquellos memos con alas:
—Teñiremos el cielo de un azul claro y el mar de turquesa. Colgaremos por las noches, una luna llena, grande y brillante. Plantaremos pinos para que perfumen el aire y playas de arena blanca.
Los ángeles guardaron silencio, admirados de tanta sabiduría.
Pero el Señor aún no había terminado.
—Y cuando se esconda el sol —continuó—, caerán sobre la isla gotas de lluvia portadoras de alegría y polvos de estrellas.
Entonces encargó a los truenos que marcaran el ritmo, a los relámpagos que encendieran las primeras luces y al viento que moviera las caderas de todos los que se acercaran a la orilla.
Aquella misma noche, unos cuantos mortales se reunieron, junto al mar. Al principio solo se escuchaban las olas. Después alguien golpeó dos piedras. Otro empezó a cantar. Y, sin saber muy bien cómo, todos comenzaron a bailar bajo la luna.
Desde el cielo, el Señor sonrió satisfecho de su obra.
—Ahora sí —dijo—. Ya tenemos la isla de Ibiza terminada.
Y así, entre estrellas y unos cuantas pastillas de locura y polvos mágicos, empezó a sonar, al aire libre, la música de la primera discoteca de Ibiza.
Colección: A MI MANERA.