martes, 8 de septiembre de 2026

IBIZA, UNA ISLA PARA COMERSELA CON LOS DEDOS.

IBIZA, UNA ISLA PARA COMÉRSELA CON LOS DEDOS

Yo soy ibicenco de pura cepa, nacido en un pueblo pequeño de casas blancas y gente buena. Un rincón tranquilo que ama las cosas sencillas, donde nadie presume de relojes caros ni de grandes coches. Aquí se va en tractor y se mira al cielo para saber la hora.

Pero, cuando llega un amigo, se le recibe como a uno más de la familia. Se sienta alrededor de la mesa, se charla de las cosas cotidianas y, casi sin preguntar, aparecen la sobrasada, el botifarrón, el pan recién hecho y el vino payés. Entonces uno entiende que la riqueza no siempre cabe en una cartera.

Mi pueblo parece de juguete: una sola calle, dos bares y una iglesia de puertas abiertas, esperando a los feligreses que entran a rezar por sus santos difuntos.

Un carro cruza despacio el pueblo. Unos perros ladran, sin saber muy bien por qué, al paso de unas bicicletas de niños que regresan de la escuela. El día transcurre plácidamente y las únicas que parecen tener prisa son las sombras, que cambian de un sitio a otro con permiso del sol y las nubes.

Mi pueblo es así. A mí me parece perfecto, porque conserva lo que muchos lugares han perdido: la calma, la verdad y esa manera tan nuestra de hacerte sentir como en casa.

Y quizá por eso la isla no tan solo se mira y se visita: Ibiza se saborea, se comparte y se come con los dedos.

Colección: A MI MANERA.

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